lunes, 9 de febrero de 2009

VENTANAS DEL ALMA

LOS OJOS SON LAS VENTANAS DEL ALMA por Lic. Adolfo J. Mendes
Dentro de la Psicología Transpersonal, se utilizan diferentes metodos para diagnosticar. La interpretación de la mirada y el movimiento de los ojos es uno de ellos. Se habrá dado cuenta de que mientras la gente conversa, sus ojos se mueven. Esto pertenece al dominio de la neurofisiología. Dependiendo del lugar hacia donde miren, se activan diferentes partes del cerebro.
Cuando se mira hacia arriba, se está trabajando con imágenes. Si se mira hacia arriba y hacia la derecha, se están creando imágenes nuevas, y si es hacia arriba y a la izquierda, el cerebro está recordando imágenes.Si durante una entrevista de trabajo usted preguntara al candidato si tiene experiencia y éste, al responder, mirara hacia arriba y a la derecha, esto significa que está mintiendo, incluso antes de hablar. Usted ya sabe que con ese movimiento de ojos la persona está creando imágenes de algo que todavía no ha sucedido. El cuerpo no miente.
Cuando los ojos se mueven horizontalmente, se activa el campo auditivo, es decir, el cerebro está trabajando con los sonidos. Cuando se mira hacia abajo y a la izquierda, se está conversando con uno mismo.
Cuando se mira hacia abajo y a la derecha, se está abriendo el canal sinestésico, el de las emociones, los sentimientos y las sensaciones del cuerpo."Fulano está cabizbajo".
Esta expresión demuestra que es del dominio público que cuando una persona se encuentra deprimida mira hacia abajo. No tiene sentido deprimirse mientras se juega al fútbol, por ejemplo.
En muchos países funciona una línea telefónica especial para gente deprimida que piensa en el suicidio. Estas personas son atendidas por especialistas que les preguntan: "¿Hacia dónde está mirando en este momento?".
La repuesta invariablemente es: "Hacia abajo".
Conversando con la persona y haciendo que sus ojos miren hacia arriba, se quiebra el impulso de suicidio. Es evidente que no sólo hay que hacer esto, pero al menos se ha dado un primer paso decisivo, sólo con los ojos.

Traje un premio del baile de Susuru

Cada uno de los premios entregados por Susuru a los invitados traía la siguiente dedicatoria: Veinte golpes de martillo quizá no logren romper la piedra, pero el vigésimo primero podría hacerlo. Esto no significa que los veinte golpes no sirvieron de nada. Cada uno de ellos contribuyó al logro final. Sri Sathya Sai Baba

Souvenir que me traje del BAILE DE MÁSCARAS.

Este souvenir lo traje del Baile de Máscaras de Susuru.
Ella nos preparó a cada uno de los enmascarados esta fotografía para enmarcar que representan a Julio Bocca y Cecilia Figueredo, dos importantes bailarines argentinos, en una escena en la que bailan un tango.
Gracias Susuru.

jueves, 5 de febrero de 2009

LA GENTE ME TRAICIONA

Una persona se queja: “La gente me traiciona, yo doy y doy con buena fe...”, pero, cuando espera una devolución compatible con su actitud se halla sola y frustrada por una respuesta contraria a la que ambiciona. Para ella el postulado del problema es “la gente me traiciona” y, si éste es el marco conceptual, todos los intentos de modificación rondarán bajo esta atribución. El giro de las tentativas de solución puede producirse cuando se cambia el enfoque del problema. Pero esta modificación se efectúa mediante una reformulación que implique redefinirlo. Tal vez el problema podrá reestructurarse, centrándolo en la omnipotencia del “yo todo lo puedo” bajo el disfraz del síndrome “Teresa de Calcuta” o “la mujer ambulancia”. A sabiendas de que, como buena abnegada, la persona siempre va a relacionarse con gente necesitada y a crear vínculos unidireccionales, de los cuales se puede esperar poco en los momentos en que ella lo necesite. Otra posibilidad sería focalizar el problema en su dificultad de decir que no, o cuando la culpa le impide poder decir no. Cualquiera que sea la alternativa que se coloque para reconceptualizar el problema implica que, de acuerdo con este nuevo marco, se desarrolle un nuevo juego. Por lo tanto, se aplicarán soluciones alternativas, ajustadas a tal enfoque, que generen la modificación de las acciones y su consecuente solución. La historia narrada acerca de lo sucedido, entonces, no es el pasado: en todo caso es una versión, un cuento que la persona se cuenta acerca del pasado. Esta versión lleva indefectiblemente a una reiteración de acciones que provienen de los marcos semánticos con que se reviste la historia. Cuanto más se interacciona desde esta versión de la historia, más se confirma y reconfirma la narración y, por tanto, se instaura más y de manera más rígida e inflexible. Cuando contamos una versión alternativa a la historia original, en principio no cambiamos personajes ni contextos ni épocas, simplemente contamos un cuento diferente; en otras palabras, proponemos un nuevo marco de significados en los que se desarrollaron los hechos. Es el caso de una mujer que se queja de que en su historia padece a un padre hiperexigente y rígido. Sufre por esto, ya que no se siente reconocida, sino descalificada en sus logros: “Cada vez que consideraba que había hecho algo muy bien, mi padre me señalaba lo que me faltaba”. Esta construcción o categorización le impedirá observar el cariño y la importancia que su persona tenía para este padre. Cambiar la tipología de padre hiperexigente y descalificador, permutándolo por un tipo de padre preocupado y ocupado para quien la hija es lo más importante, implica salir de una posición down y de baja autoestima y cambiarla por una posición up y de valorización personal. El cuento de los tres picapedreros puede ser un buen ejemplo para el lector, si se trata de mostrar los marcos conceptuales como categorías en las que se incluyen las acciones y actitudes: En un día de mucho calor, tres picapedreros se encontraban rompiendo piedras en una cantera. Los tres estaban ensimismados en la misma tarea, pero descargaban con diferentes intensidades el peso de la maza sobre las rocas. Las expresiones de sus rostros manifiestan distintos grados de concentración en su trabajo. Un observador que recorría el lugar –atento a la situación– supuso que todos eran empleados y que tenían una misma finalidad, pero la diferente actitud de cada uno lo confundía. Pensó primero que tal diferencia se debía a las distintas reacciones ante el calor. Pero decidió abandonar su supuesto, acercarse y preguntarle a cada picapedrero para qué o por qué picaba las piedras. Se acerca al primero que, con un rostro tenso y aburrido, descarga su maza con violencia y desgano. Frente a su pregunta, contesta: “Pico piedras porque cometí un delito y estoy condenado a trabajos forzados por treinta años”. El segundo, más activo en sus movimientos, con un rostro que mostraba visibles signos de agotamiento, responde: “Pico piedras durante muchas horas porque necesito ganar dinero y alimentar a mi familia y cuantas más horas trabaje más dinero llevaré a mi casa”. El tercero, concentrado, ávido en su tarea y con un dejo de satisfacción tras cada golpe, le responde: “Pico piedras porque formarán parte de una de las esculturas que adornarán la catedral principal de la ciudad”. Una misma tarea y tres marcos conceptuales distintos de los que surgen acciones, emociones e intencionalidades diferentes. Cada categorización, en cada protagonista, implica una acción que es coherente con el significado que la enmarca. Las acciones, reiteradamente, confirman la clase en la que se inscriben. En el primero, sus acciones confirman que la tarea es una condena. En el segundo, que el trabajo de picar piedras es la posibilidad de alimentar a su familia. Para el tercero es la expresión de su arte y la fama. Por otra parte, hay un detalle que no debemos pasar por alto: las atribuciones del observador. El explorador, desde su estructura conceptual, construye una suposición: a pesar de que las acciones desarrolladas por nuestros actores son lo bastante explícitas como para servir de indicadores de las diferentes atribuciones que dan a su actividad, él supone que son diferentes reacciones frente al calor. La pregunta que formula desestructura el supuesto, al entrar en el universo personal de cada persona. Parece ser, por lo tanto, que una acertada reestructuración sugiere prestar atención a los puntos de vista, creencias, valores, expectativas, premisas y, en definitiva, a toda la trama conceptual que da cuerpo a los marcos de significación y a las acciones que surgen de éste. De manera que, tomando una de las premisas que remarcó Erickson en su particular método de psicoterapia, el recurso de hablar el lenguaje del paciente resulta fundamental para desarrollar una reestructuración eficaz. Hablar el lenguaje del paciente implica ingresar en su mundo de significados personales, razón por la que se erige en una herramienta que permite entender cómo cambiar los marcos conceptuales, no a la manera de una fórmula fija, sino tomando en cuenta las singularidades de cada persona. Además, la mimetización del lenguaje analógico y verbal en las interacciones permite ingresar las reformulaciones de manera más fácil, economizando el tiempo necesario para encontrar una solución. Por lo tanto, hablar su lenguaje abarca tanto el plano semántico como el sintáctico y pragmático. Así, por ejemplo, el pesimista está habitualmente enzarzado en un “juego” interpersonal en el que procura primeramente sonsacar a los demás sus puntos de vista optimistas y, en cuanto lo ha logrado, hace contrastar ese optimismo con su acentuado pesimismo, pudiendo entonces los demás insistir en “más de lo mismo”, es decir, en su optimismo, o bien ceder, eventualmente, al pesimismo del otro, en cuyo caso el pesimista ha “ganado” otro round, si bien en detrimento propio. Este patrón de comportamiento cambia drásticamente en el momento en que la otra persona se muestra más pesimista que el mismo pesimista. Su interacción entonces no es ya un caso de plus ça change, plus c’est la même chose, ya que un miembro del grupo (pesimismo) no se combina con su recíproco o contrario (optimismo), manteniendo así la invariabilidad del grupo, sino que se produce un cambio mediante la introducción de una “regla de combinación” completamente nueva. Para llevar esto a cabo, se utiliza el propio “lenguaje” del pesimista, es decir, su pesimismo (Watzlawick, Weakland y Fisch, Cambio, ed. Herder, Barcelona, 1976). Las aplicaciones de la retórica en la reestructuración deben generar interrogantes que ocupen el lugar de la habitual rigidez perceptivorreactiva, dejando al descubierto fallos en los sistemas cognoscitivos y de comportamiento. La duda, una vez instaurada, trabaja lentamente, devorando el espacio que ocupaba la lógica preexistente. Es la que abre la brecha que da lugar a un nuevo sentido sobre el objeto. “La duda introduce una cuña que moviliza la entropía del sistema, produce una arrolladora y lenta reacción en cadena que puede llevar al cambio del sistema mismo. No obstante, un elemento que caracteriza al pensamiento sistémico es la flexibilidad de perspectivas que, juntamente con el constructivismo, posibilita la aceptación de la diversidad de construcciones que no implican falsedad o veracidad entre unas u otras, con lo cual la duda puede ser una de las refinadas estrategias de intervención” (Ceberio y Watzlawick, La construcción del universo, ed. Herder, Barcelona, 1998). El signo lingüístico está compuesto por un concepto y una imagen acústica (Saussure, Curso de lingüística general), es decir, un significado adscrito a definiciones socioculturales de la lengua y el significante o imagen acústica, que marca una representación mental del objeto nombrado. Pero una tercera instancia de significación particular muestra la realidad de segundo orden de acuerdo con los patrones del mapa cognitivo del protagonista. Una palabra, la estructura de una frase o la articulación de un discurso en su totalidad denotan las creencias y valores de la persona que lo expresa y que lo imprime sobre el lenguaje mismo. Desde esta perspectiva, el lenguaje no representa una realidad, sino que la construye. La reenmarcación actúa sobre tales marcos de significación permutando dichas estructuras lingüísticas con el propósito de elaborar nuevas construcciones semánticas y sus consecuencias en las acciones. “El pasado de ella” Un paciente puede justificar las reacciones agresivas de su mujer hacia él porque en su pasado se encuentran numerosas situaciones de violencia de la pareja de los padres de ella. De esta categorización se desprende la hipótesis lineal que avala tales reacciones. Redefinir la situación implicaría, por ejemplo, plantear la pregunta desde una perspectiva sistémica que lo obligue a involucrarse en el circuito de acciones: ¿qué está haciendo él para desencadenar tales reacciones en su mujer? Desarrollar este tipo de preguntas implica realizar una construcción que da vuelta la hipótesis original y, paralelamente, también, la categorización y el significado. Pero, más allá de la pragmática, el ordenamiento de la puntuación sintáctica constituye también nuevos significados y nuevas realidades. En la estructura de la oración se implementa un repertorio de signos lingüísticos que determinan fluctuaciones de significados alejados de la semántica de cada palabra en sí misma. Las distintas interjecciones, puntos y aparte, puntos seguidos, comas y puntos y comas, interrogantes, signos de admiración, etcétera, pueden pautar las construcciones de realidades distintas, conformando una semántica alternativa a la estructura de la oración original. Estos cambios de atribuciones de sentido se observan con claridad en las distorsiones que se producen en los mensajes trasmitidos mediante el rumor: “Me dijo un amigo del tío de Jorge que el tío le contó que Jorge dijo...”. Tales disfunciones se producen por diferencias en la puntuación y en la sintaxis, pero también en la cadencia del discurso que la distinta puntuación produce. En la pragmática, según cuál sea la puntuación, se involucra alternativamente al emisor o al receptor. Esto quiere decir que se pueden adjudicar culpas o vítores con facilidad. Historia de Rómulo Rómulo hace ocho años que está casado y tiene un hijo de tres años. Conoce a su mujer, Noelia, desde que era estudiante en la universidad. Ahora a él le faltan pocas materias para licenciarse como economista, mientras que ella dejó en el segundo curso para dedicarse más a la casa y al futuro hijo, Enrique. El trabaja desde hace siete años en una empresa multinacional, donde realiza tareas administrativas, con la secreta esperanza de obtener un buen ascenso y un incremento de sueldo una vez que obtenga su título. Desde hace tres se encuentra atraído, y cada día más –“Estoy enamorado”– por una compañera de trabajo. Viene a la consulta centrando su problema en su indefinición y en la pregunta: ¿me separo o no me separo? Esto que él llama “indefinición” le produce angustia, tensión, ansiedad y confusión. En la historia de Rómulo se cuenta que sus padres no se manifestaban afecto, es decir, no los recuerda besándose, dándose un abrazo o simplemente tomados de la mano. En cambio, recuerda la parte caótica de sus relaciones: las discusiones en su hogar de origen eran “muchas y feas..., yo me angustiaba mucho, no era feliz”. Describe a su padre como “ausente”, nunca estaba, jamás lo llevó a una plaza o a jugar al fútbol. Ahora y aquí, en su matrimonio, no se dan discusiones, pero advierte que él cada vez se ausenta más de su casa. Los fines de semana juega al fútbol con su grupo de amigos, estudia en bares y en las casas de compañeros. Destina pocas horas a estar con su hijo, con el propósito de evitar a su mujer. Y ésta lo cuestiona, intenta controlarlo más, se persigue y lo persigue y le cuenta sus fantasías y sospechas, reprochándole que él ya no está enamorado. También le habla de Enrique y lo manipula con la culpa. Rómulo huye más y más. Cada día se “enamora un poco más de su compañera”, de manera que la relación con su mujer se deteriora cada vez más. Por lo tanto, toma más distancia con respecto a su hogar, y esa distancia también involucra al hijo. Para expresarlo de manera más concreta, se atribuye un 10 por ciento de ganas de estar con su esposa y, por lo tanto, un 90 por ciento de desgana. Se da cuenta de que, por no querer repetir el esquema de su familia de origen, termina repitiendo el mismo juego. El desea separarse, pero lo asaltan los miedos a la soledad, a intentar una relación más comprometida con su compañera de trabajo y que no funcione. La culpa, fundamentalmente, lo invade cuando fantasea con que su hijo se sentirá abandonado. Todos estos sentimientos incrementan su confusión. Si el lector siguió esta apretada síntesis se dará cuenta de que el paciente centra su problema en la categoría indefinición: las distinciones y las hipótesis acerca de lo que le sucede, juntamente con las puntuaciones de interacción y todos sus intentos por solucionar el problema, giran en torno de dicha premisa. Reestructurar tal problema implicaría plantear que en realidad él tiene decidido qué hacer (con lo cual el problema no es la indecisión). Rómulo tiene bien claro que el deseo hacia su esposa ha mermado; es más, antes de conocer a su compañera también sentía que no era feliz en la relación. Pasar de estar indefinido a estar definido supone ya un salto cualitativo importante. Pero, entonces, ¿cuál es el problema? La culpa parece ser la protagonista: culpa por sentirse un padre que abandona a su familia, por sentirse una mala persona frente a la esposa, que ahora ha empezado a comprenderlo y realiza esfuerzos para que él se sienta mejor en su casa, culpa por creer que va a repetir la historia de su familia. Si se sustituye “Estoy indefinido” por “Me siento culpable con la decisión que estoy tomando”, la situación, en principio, es la misma, pero el marco conceptual en el que se encuadra es diferente. Si la redefinición es eficaz y se ajusta a su cognición, la hipótesis que se estructurará, las puntuaciones e interaciones subsecuentes, deberán variar, modificándose también los intentos de solución, cuyos objetivos han cambiado. Se intentaba solucionar la confusión por la indefinición; ahora se trata de resolver la culpa. Más allá de la reestructuración como técnica específica, reestructurar marcos semánticos parece ser la maniobra central de la psicoterapia en general. La efectividad de las intervenciones de cualquier modelo clínico supone un cambio en relación con la construcción de significaciones acerca de las cosas. En este sentido, todas las técnicas son reestructurantes, por lo cual el objetivo de cambiar los significados emergentes del sistema de creencias que surgen del mapa mental de la persona es el factor común de todas las intervenciones psicoterapéuticas. Así sucede también cuando se recurre a los cuentos y a las metáforas, a la provocación, a las confusiones, etcétera: suponen introducir un nuevo marco conceptual, mediante otra estrategia. Cabe señalar, por último, que las reestructuraciones no son únicamente patrimonio de lo verbal. Por ejemplo, las prescripciones de comportamiento también desarrollan un cambio de perspectiva mediante un giro en las acciones concretas. * Extractado del libro Ficciones de la realidad. Realidades de la ficción. Estrategias de la comunicación humana, recientemente publicado por Paidós. // Por Marcelo R. Ceberio y Paul Watzlawick *

Aceptando la invitación de Susuru. Estoy lista.

Me llamo María Dolores Fuentes de Manantiales. Enviudé hace 4 años. No tengo hijos. Mi esposo, un empresario muy conocido falleció en un accidente dejándome una herencia millonaria tanto en dinero como en bienes.
Desde ese momento, tengo mucho miedo a la gente que se me acerca. Pienso que todos lo hacen por interés y no por lo valiosa que soy como persona.
Estoy rodeada de muchos bienes materiales pero desconfío de todo el mundo.
Acepté la invitación de mi amiga Susuru, porque hay que ir enmascarada. De ese modo nadie me conocerá. Es una gran oportunidad para mi conocer gente bajo esta apariencia de resguardo, de sentirme desconocida y tapada frente a los demás.
Estoy muy nerviosa y a la vez muy contenta por asistir a un evento tan importante luego de mi viudez. Quiero tener amigos de verdad y si se presentara algún buen candidato, que sea de corazón noble y desinteresado, que me seduzca y me guste, le haré caso a Dionisio y quizás...¿por qué no? logre decir que sí y de este modo hacer un cambio en esta vida de triste soledad..
Le avisaré a Susuru que ya estoy lista.

sábado, 31 de enero de 2009

EL RESCATE DEL ESCRITOR CAIO FERNANDO ABREU

La publicación de ¿Dónde andará Dulce Veiga? permite descubrir a una de las grandes voces de la literatura brasileña contemporánea. La edición se suma a la traducción reciente de otros autores de ese país, como Joao Gilberto Noll, Miguel Sanches Neto y Sérgio Sant’Anna.
Un escritor extraordinario logra que el lector pegue un par de saltitos de entusiasmo en la tercera página, cuando aún resta transitar más de trescientas. A esta estirpe de notables pertenece el narrador, cronista y dramaturgo brasileño Caio Fernando Abreu. Es para celebrar la publicación, por primera vez en el país, de la novela ¿Dónde andará Dulce Veiga? (Adriana Hidalgo), con traducción de Claudia Solans, editada originalmente en 1991 en Brasil, traducida y publicada en Francia, Italia, Alemania y Holanda, y llevada al cine en 2007 por el director Guilherme de Almeida Prado. Vale maldecir un poco también –en el alma de todo lector compulsivo hay un atisbo de queja por el atraso con que llegan algunos libros– la morosidad del Mercosur cultural.
A pesar de la vecindad geográfica con Brasil, la sensación que impera es que se está aún a años luz del libre acceso a su cultura. Recién en los últimos años, gracias al esfuerzo de pequeñas editoriales (Adriana Hidalgo, Interzona, Corregidor y Beatriz Viterbo), se está traduciendo a un puñado de escritores de la literatura contemporánea brasileña, como Joao Gilberto Noll, Miguel Sanches Neto, Sérgio Sant’Anna, Milton Hatoum y Daniel Galera, entre otros.
De pronto ocurre un milagro en el comienzo de una tarde abrasadora de febrero. Un hombre da el primer paso para emerger del pantano de depresión y autocompasión en que se regodeaba por no tener empleo, cuando recibe un llamado en el que le confirman que consiguió un trabajito como reportero en el Diário da Cidade. Castilhos, un editor desquiciado que a veces repite en inglés fragmentos de obras de Shakespeare, le encarga al protagonista de la novela una entrevista con una banda de chicas, Márcia Felácio y las Vaginas Dentadas, “tortillas, sexistas, adolescentes rebeldes sin causa ni consecuencia”.
El periodista se encontrará con Márcia, a quien define como una “prima-dona-pos-punk-apocalíptica”, y la escuchará cantar una canción –“Nada más,/ nada más que una ilusión. /Basta ya, es demasiado para mi corazón”–, que había grabado antes Dulce Veiga, una famosa cantante que desapareció hace dos décadas, de repente, como si se la hubiera tragado la tierra. Pronto el reportero, que tuvo el privilegio de entrevistar a la cantante desaparecida cuando tenía veinte años, descubrirá que la joven punk es hija de Dulce.
Castilhos le pide que escriba en un par de horas una crónica sobre Dulce Veiga. Y este giro notable tendrá también su correlato en el entramado de la novela. Si escribir, como advierte el periodista ante la premura del pedido, no es como andar en bicicleta sino que es un oficio que se desaprende y oxida, el narrador tendrá que barajar y dar de nuevo.
Al repasar el archivo de la cantante, se suceden las coordenadas vitales del pasado del periodista –entregando diarios en París, lavando platos en Suecia, haciendo cleaning up en Londres, sirviendo tragos en Nueva York, tomando ácido en Bahía, masticando hojas de coca en Machu Picchu–; una vida hecha de piezas sueltas, como las de un rompecabezas sin molde final. No hay contrapunto en esta novela sino un aceitadísimo ensamblaje de visiones y recuerdos, de búsquedas y hallazgos; círculos concéntricos que se funden en un remolino de “pensamientos despeinados”. Abreu examina de cerca las palabras, como si fuera un albañil que rastrea ese ladrillo adecuado que necesita para construir la arquitectura del alma de sus personajes. La crónica publicada crispará el ánimo de Márcia, que se rehúsa a alimentar “toda esa necrofilia mala onda” en torno de su madre; pero encontrará en Rafic, el dueño del diario, a un defensor acérrimo que quiere sacar ventaja frente al posible negocio que puede deparar hallar a la cantante, vinculada alguna vez con guerrilleros y militantes del Partido Comunista. De ahora en más, el reportero tendrá vía libre en el diario y podrá viajar todo lo que necesite. Su misión será encontrar a Dulce Veiga esté donde esté. Viva o muerta.
Friso generacional que conecta el desencanto punk de los adolescentes con el escepticismo de los cuarentones que ven “un museo de grandes novedades”, parafraseando a Cazuza; el HIV, un virus elíptico que se fagocita el porvenir, mata al joven novio de Márcia y quizá también la termine matando a ella, que cree estar enferma. Tal vez se haya cobrado una víctima más, Pedro, que un día se fue y le mandó una carta al protagonista, con su letra torcida y medio infantil, en la que le decía: “Olvídame, perdóname. Creo que estoy contaminado, y no quiero matarte con mi amor”. Esa sentencia de muerte resumida en cuatro letras también se cierne sobre el periodista, que sin atreverse a hacerse los análisis, confirma las sospechas palpando en su cuerpo “las señales malditas” de las manchas en la piel. El modo en que se narra el hallazgo de Dulce Veiga, hacia el final de la novela, roza el lirismo y desemboca en una cautivante epifanía.
“La historia que está siendo contada, cada uno la transforma en otra, en la historia que quiere”, dice una voz con una inflexión casi ancestral. Como señala la crítica Luz Horne, Abreu muestra un estilo propio que por momentos recuerda a Clarice Lispector –en el epígrafe final de la novela, el brasileño invoca un fragmento de Agua viva– y en otros anuncia a Noll.
Nacido en Santiago, Rio Grande do Sul, en 1948 y muerto en Porto Alegre en 1996, Abreu fue un homosexual militante. Vivió en parte bajo una dictadura y estaba convencido de que hablar de su sexualidad serviría a la creación de un mundo que tarde o temprano se liberaría de los prejuicios.
“Tengo un componente homosexual muy fuerte. Hasta hoy, mis relaciones heterosexuales siempre fueron medio idiotas, porque, con excepción de ti y de otra muchacha gaúcha, M., el cuerpo femenino es una cosa que no logra entusiasmarme”, le escribió Abreu a Vera Antoum, mujer con la que había proyectado casarse. Ganador dos veces del premio Jabuti (en 1984 y 1989), uno de los más prestigiosos de la literatura brasileña, el 21 de agosto de 1994 el escritor comunicó a sus lectores del O Estado de Sâo Paulo que estaba enfermo de HIV, en una nota que tituló “Carta para más allá de los muros”. En un libro que compila su correspondencia, un volumen de 532 páginas editado en 2002 por Italo Moriconi, con prefacio del director teatral brasileño Luciano Alabarse, aún inédito en español, se puede rastrear esa insaciable sed de vivir que tenía Abreu, y que lo llevó a experimentar con la psicoterapia, el yoga, el budismo zen, el Tao Te King, la autorrelajación de Schultz, la astrología, el tarot, el I Ching, la magia, la numerología, los rosacruces, el espiritismo; los excitantes como el alcohol, el tabaco, el mate, el té, el ginseng, el LSD, la mescalina, la marihuana y la cocaína; las curaciones por homeopatía, alopatía y macrobiótica.
“Me derrota el paso del tiempo, mis 38 años, los cabellos que caen, todo lo que huye y se pierde, y el amor que no viene”, admitía en una de las cartas el autor de Inventario de irremediables (1970), Fresas mohosas (1982) y Los dragones no conocen el paraíso (1998), que alguna vez confesó que su obra estaba “centrada en el desamparo humano”. ¿Dónde andará Dulce Veiga? es una memorable puerta de entrada al universo del “escritor de la pasión”, como lo definió Lygia Fagundes Telles. Ojalá que pronto se abran otras puertas más.

jueves, 29 de enero de 2009

RESGUARDAR EL ESCONDITE. (de los adolescentes)

Para resguardar el escondite
“Las señales que envían los adolescentes advierten que no hay que descifrarlo todo, que hay que preservar lo oculto, resguardar el escondite. El adolescente necesita defenderse contra el ser descubierto antes de estar verdaderamente allí”, advierte el autor. Por Luis Vicente Miguelez * Dios sabe que siempre he querido ser un hombre.Pero a mi progenitor le importaba más que fuera ingeniero y,más aún, que lo fuera con título.Recibido. Sé un ingeniero y serás hombre por añadidura.
Leónidas Lamborghini "La experiencia de la vida."
¿Habría una suerte de necesidad de identidad en cada sujeto que intenta responder a la pregunta sobre quién soy yo y quién mi semejante? Este interrogante, si bien no deja de incomodarnos durante toda la vida, se vuelve insistente en lo que llamamos adolescencia. ¿Hay algo esencial que perdurará siempre en mí más allá de los cambios? ¿Soy este que veo en el espejo o más bien aquel que ven mis amigos? ¿Soy el que mis padres conocen o el que yo imagino ser? Estas tribulaciones del devenir adolescente ponen a cielo abierto lo paradójico de la identidad humana. ¿Es que es el mismo aquel cuchillo al que primero le cambié el mango y luego la hoja? En el juego del niño, todo se metamorfosea: la silla, la persona del analista, un carretel. Esta dimensión metamorfoseante del juego, convalidada por el lenguaje, por la solicitud a un “dale que” dirigido a un otro real o imaginario, tiene fuerza de acontecimiento, transforma en común acuerdo con el otro, con el otro que comparte el juego o con el otro beneplácito que hay en uno, la identidad de las cosas. El juego, para decirlo de una manera plástica, ablanda la identidad de las cosas a la manera de los relojes de Dalí que penden de una rama. En este juego metamorfoseante, el cuerpo mismo se configura como cuerpo lúdico, el yo corporal se constituye primordialmente a través del juego, al contacto con las palabras y con el cuerpo del otro que erogeniza. Esta experiencia perdura en nosotros como sí mismo, donde paradójicamente lo propio se conjuga con lo que viene del otro. Perdura en uno como “yo” pero en vínculo permanente con los otros, de quienes necesita para que ese cuerpo real se torne erógeno y sea fuente de satisfacción compartida. Ahora bien, esto que se verifica en el niño sano, este acuerdo que vienen a sostener no solamente los otros niños, sino el colectivo social, que festeja, en ese “dale que” infantil, una suerte de regeneración de la dignidad de la existencia, no encuentra fácilmente su correlato en el devenir adolescente. Me pregunto si este “dale que” de la infancia, aprobado, convalidado socialmente, podría jugarse de alguna manera en la adolescencia. El “dale que” soy un hombre, “dale que” soy una mujer, ¿pueden encontrar alguna manera de ponerse en juego sin tener que establecerse como identidad consumada? Por el contrario, se observa que los adolescentes se encuentran con una demanda perentoria a que esto suceda en la realidad, situación que determina el dolor de un parecer y su angustia por lo que ellos denominan lo inauténtico. Esta escasez de moratoria existencial obliga a la actuación precipitada. La práctica analítica, en lo que se refiere a los encuentros con adolescentes, debería generar, así como con el chico posibilita un espacio lúdico, un tiempo lúdico, una temporalidad de demora, una temporalidad que lo aloje en una zona de ensayo, un “dale que” de un tiempo-entre. Me gustaría formularlo como una brecha en el tiempo lineal, como un tiempo transicional, porque intuyo que tiene su correlato con el objeto transicional, tal como lo caracterizó el psicoanalista Donald Winnicott. Es decir, la experiencia de hacer del tiempo de la adolescencia una primera posesión temporal, habilitando un campo de ilusión compartido. Una estructura temporal paradójica, ni interior ni exterior al sujeto. Tiempo potencial de un devenir que podrá conjugar al “soy esto” o “seré aquello”, de ahí en más, como un “estaré siendo”. Forma gramatical de tiempo imperfecto que expresa que la cuestión identitaria no plantea solamente una no coincidencia del ser consigo mismo, sino una insuficiencia temporal. Un adolescente puede recrear una suerte de postergación meditada a la reclamación perentoria de ser uno, es decir, no tener que eliminar de un golpe su disociación estratégica. Los objetos de identificación pueden así ir entrando en una secuencia temporal en la que hay lugar para el “dale que”, poniéndose a resguardo de tener que ser ya alguno de ellos. En el libro Tratado de la eficacia, Francois Jullien se ocupa de plantear una nueva concepción del concepto de acción, para lo cual se apoya en el pensamiento chino. Lo que formula es la idea paradójica de un actuar sin actuar. El bien actuar –dice– sería ayudar a que algo se desenvuelva naturalmente a partir de un estar sin manifestarse. Esta formulación podría muy bien ilustrar la posición que el analista encarna cuando alienta el “dale que” en la consulta de un adolescente. Ese actuar-sin-actuar no implica no hacer nada, menos una posición pasiva, se trata más bien de hacer de manera que eso pueda hacerse solo. Tenemos que estar preparados para percibir las señales que nos dirigen los adolescentes que nos advierten de no descifrarlo todo, de preservar lo oculto, de resguardar el escondite. Debemos consentir la necesidad del adolescente de defenderse contra el ser descubierto abiertamente antes de estar verdaderamente allí. Esta disposición animará en el adolescente una mayor tolerancia a lo no consumado de su posición, sin tener que responder a demandas internas y externas de unidad yoica que lo conduzcan por el camino de la inautenticidad o del acting. La aptitud de permanecer por un tiempo en un estado no integrado es un logro fundamental del psiquismo, siendo en la adolescencia donde se juega de manera decisiva su oportunidad. Esta aptitud tiene como correlato futuro la capacidad de estar solo sin caer en angustias traumatizantes de derrumbe yoico.
* Psicoanalista. Extractado del trabajo Adolescentes. La identidad diferida.
fuente: página 12

El GRITO FUERTE (de los menesterosos) Tato Pavlosvsky

“Es natural entonces que aquellos que hubieran mirado a un menesteroso tengan un atendible temor a que este acontecimiento se vuelva una experiencia diaria”
ironiza Tato Pavlovsky.
Por Eduardo “Tato” Pavlovsky Grito fuerte. ¿Qué fue eso? Un grito. Grito fuerte. Soplido laríngeo. ¿Qué fue eso? Un grito. Grito. De dónde partió. De las familias ahogadas en las tinieblas que pululan por envainar la espada que dejó alguien los vengará para siempre de tanta humillación vejaciones y tormentos. Grito. ¿Qué fue eso? Un soplido laríngeo de los menesterosos. Alternación casi musical que expresa el veedor... más allá de mirar de reojo. Perfil bajo. Grito hacia socorro. Deben presentarse todos a la misma hora para recoger la cebada –se hace indispensable la puntualidad– que siempre proviene de la pasión que involucra el lugar de origen –la identidad–, aquello que emana de los cuerpos de los hombres y mujeres que han nacido cohabitando un mismo suelo. Grito. Deberían escucharlo –por lo menos acusar recibo, tener noción de que no se es indiferente por lo menos a cierto tipo de decibeles–. Desencuentro. Grito. Se torna imposible asumir en tiempos difíciles la responsabilidad de la vida, es decir tener en cuenta no el acto heroico sino la suma cotidiana de los microgestos diarios que son los que constituyen en realidad la trama de la vida, porque, insisto, la vida o la textura de la vida no se compone de actos heroicos sino de los mínimos movimientos que constituyen el día –con sus minutos desprovistos de heroicidad–. La historia extraoficial. Exiliada. Grito. Es imposible distraerse para escuchar los gritos de los menesterosos hombres valiosos pero a los que uno no puede brindarles sino tímidas ocasiones de atención algunas veces más otras veces menos. El menesteroso no debe pensar que la simple mirada hacia ellos indique responsabilidad alguna sino sólo el interés humano de un ser humano por otro ser humano en estado de necesidad. El error es suponer una continuidad –un hacer de esa mirada furtiva un posible sostén más allá de la mirada casual–. Se ahorrarían imprevistos o malentendidos el día que entendieran que no hay actitud más allá de la mirada solícita y curiosa. Tomar la mirada como un encuentro humano que no debe crear ilusiones de continuidad. Eso, no hay futuro. Debiera saberse para evitar que por las calles pululen a los mediodías grupos de menesterosos que hubieran sido sólo mirados días anteriores por la plaza y hoy vuelven al lugar para intentar encontrarse al sujeto mirador. Da pena verlos con los ojos enrojecidos de tanta búsqueda de otros ojos que ayer miraron pero hoy seguramente no volverían a hacerlo por razones de tiempo disponibilidad o tal vez por el miedo a haber creado tanta expectativa. Algunos miradores ya no pasan por la zona –para evitar encontrarse con los sujetos expectantes–. No podríamos endilgar responsabilidad alguna a aquellos que hubiesen podido ceder a la tentación de una mirada y que hoy son capaces de renunciar a seguir ejerciéndola por temor a asumir responsabilidades que luego no podrían cumplir. En las difíciles horas por las que atraviesa el mundo no son muchas las ocasiones o tiempo disponible –en el suceder de las horas vertiginosas del día– para cumplir con todas las obligaciones familiares. Es natural entonces que aquellos que hubieran mirado a un menesteroso tengan un atendible temor a que este acontecimiento se vuelva una experiencia diaria. Porque, digamos la verdad: los menesterosos están carentes afectivamente en grado extremo. Gente desprovista de amor que busca desesperadamente todo tipo de gestos que vuelva a colocarlos en la escala humana. Pero primero tendrán que comprender que su desgracia carece de la responsabilidad de los otros. Nacieron con esa marca de la indignidad fenoménica. Nadie es responsable de su desgracia. Pido pizza en Venecia en la pizzería que me habían recomendado. Doble muzzarella con macarrones. Cuando el mozo trajo la pizza trajo una panera con cinco panes. Una vez que terminamos la pizza, –sabrosa como toda pizza italiana–, pedí la cuenta y al observar el detalle me di cuenta de que intentaban cobrarme la panera –le dije al mozo que la panera no la había solicitado y que los cinco panes estaban intactos sin ser tocados de la panera que no había utilizado–. Me dijo que la panera y los cinco panes con la panera estaban incluidos –le dije que yo había pedido pizza y no pan y que por otro lado la pizza es pan– y pan con pan comida de sonso. Le dije que iba a pagar la sabrosa pizza pero no la panera con sus cinco panes –me preguntó si me faltaba dinero para pagar los cincuenta centavos de pan–, le dije que era por principios –yo tenía dinero como para pagar muchas paneras y muchas pizzas–, pero que yo había pedido pizza y no pan –que era por principios–. Llamó al jefe. El jefe, un hombre regordete, muy simpático, me preguntó si yo era un menesteroso –le dije que no tenía derecho a calificarme de esa manera–, me dijo que si yo hubiera dicho que era menesteroso, no me hubieran traído la panera a la mesa y que me hubieran ofrecido un trozo de pizza gratuitamente. Alcancé a decirle mientras me levantaba si me había visto cara de menesteroso. Creo que no me escuchó... pocos instantes después traía la pizza boloñesa. La fragancia era exquisita. Me dijo que él comía todos los días. Que dos porciones diarias lo mantenían sano. Dudé en tomarla –mientras él alargaba los brazos con la pizza humeante–, confieso que el olor que emanaba esa pizza era irresistible. La tomé en mis manos y salí caminando avergonzado. El mozo corrió atrás mío y me dijo que no se me ocurriera volver por la pizzería, que este acontecimiento del que yo formé parte fue excepcional, pero que si volvía otra vez seguramente iba a correr la suerte de los menesterosos que se animaron a volver a la pizzería. ¿Qué les hacen a los menesterosos? ¿Usted me está amenazando? Yo no lo amenazo... pero no creo que a usted le gustara permanecer en el horno desnudo junto a las pizzas a temperaturas entre 45 y 50 grados. Vomitan –salen edematosos–, algunos gritan, otros se orinan, defecan. ¿Y las pizzas? –dije–. ¿Qué hacen con las pizzas, las tiran? Arrepintiéndome por la escala no humana de mi curiosidad –mantienen siempre el gusto por la alta temperatura– me respondió. Las excreciones de los menesterosos funcionan como picantes o salsas especiales –son las pizzas que les regalamos a los menesterosos cuando nos visitan por primera vez. No voy a volver –le dije– y seguí caminando mientras pensaba arrojar la pizza boloñesa en el primer lugar de residuos. Tenía plena conciencia de que ya actuaba como un menesteroso y comencé a dudar de la historia genética de los mismos –yo al fin y al cabo era un simple jardinero que podía alimentar a mi familia–, despreciaba a los menesterosos –no los miraba y sin embargo había actuado como uno de ellos–, me sentí humillado y vejado como uno de ellos y recompensado con migajas, con sobras. Me preguntaba por el proceso inverso. Si yo me había convertido en un menesteroso por circunstancias casuales, no podría acaso recorrerse el camino inversamente y transformarse un menesteroso en un hombre normal –esto me aterró–, la sola idea de que los menesterosos fueran hombres normales me pareció espeluznante –la mezcla era aterradora–. El solo hecho de pensar que una de mis hijas pudiese contraer enlace con uno de ellos me parecía el límite de lo posible. Pero confieso que ese día quedé cautivado por la idea de la transformación. ¿Tal vez un cambio en la alimentación? ¿No era genético entonces? fuente: página 12

miércoles, 28 de enero de 2009

Qué doloroso es amar, y no poderlo decir.

Si es doloroso saber
que va marchando la vida
como una mujer querida
que jamás ha de volver...
Si es doloroso ignorar dónde vamos al morir,
más doloroso es amar... y no poderlo decir.
Triste es ver que la mirada hacia el sol levanta el ciego,
y el sol la envuelve en su fuego
y el ciego no siente nada.
Ver su mirada tranquila a la luz indiferente,
y saber que eternamente
la noche va en su pupila bajo el dosel de su frente.
Pero si es triste mirar y la luz no percibir,
más doloroso es amar... y no poderlo decir.
Conocer que caminamos bajo la fuerza del sino,
recorrer nuestro camino
y no saber dónde vamos;
ser un triste peregrino de la vida
y en el sendero no podernos detener
por ir siempre prisioneros del amor, o del deber.
Mas si es triste caminar
y no poder descansar
más que al tiempo de morir,
más doloroso es amar... y no poderlo decir.
Vivir como yo, soñando con cosas que nunca vi,
y seguir, seguir andando,
sin saber porque motivo ni hasta cuándo.
Tener fantasía y vuelo que pongan al cielo escalas...
y ver que nos faltan alas que nos remonten al Cielo.
Mas si es triste no gozar
lo que podemos soñar,
no hay más amargo dolor
que ver el alma morir
prisionera de un amor...
y no poderlo decir!
JOAQUÍN DICENTA

Un amigo. Una amiga.

Las inquietudes de nuestras amigas Lina y Norma parecen insinuar que, en las relaciones entre mujeres y hombres, la amistad y el amor se enfrentan o se confunden. Se teme que no haya lugar más que para uno de estos sentimientos. Con frecuencia, cuando se trata este tema, se suele condenar a la amistad al ostracismo. A esto contribuyen arraigados mandatos culturales según los cuales la masculinidad se demuestra (además de por la capacidad de ganar, producir, proveer, aguantar, racionalizar) por la cantidad de mujeres conquistadas, y la feminidad (además de certificarse por la variabilidad emocional, la capacidad de criar, cuidar y alimentar, la receptividad, la comprensión y la tolerancia) necesita de la mirada valorativa masculina para afirmarse. En tanto estos credos persistan (y de hecho lo hacen, a pesar de cierto maquillaje en los discursos), la amistad entre hombres y mujeres correrá el riesgo de ser siempre sospechosa de no serlo. Y quedará excluida del amor. Así, muchas personas les dicen a sus amigos o amigas cosas que no hablan con sus parejas. ¿Es sólo amor, enamoramiento o pasión lo que puede haber entre una mujer y un hombre? ¿Sólo vale la amistad de varones con varones y de mujeres con mujeres? La construcción de un vínculo de amistad, con su bagaje de tiempo y vivencias compartidas, de escucha, de confidencias, de presencia, de soporte, de rituales y hábitos, es una de las experiencias humanas más conmovedoras y enriquecedoras. Cabría preguntarse si prohibirle cruzar el espacio de los géneros no es empobrecer nuestra vida, no ya como varones o mujeres, sino como seres humanos. En su deslumbrante ensayo La amistad , el pensador italiano Francesco Alberoni señala: "No seguimos siendo amigos de quien no es nuestro amigo", puesto que la amistad se alimenta de una consciente y activa reciprocidad, mientras que "cuando está de por medio el enamoramiento es terriblemente difícil abandonar a quien se ama" (o se cree amar), aunque no haya correspondencia. Se puede odiar a quien se ama, según Alberoni, pero en la amistad no hay lugar para el odio. "Si alguien odia a un amigo, ya no es su amigo, la amistad se termina." La preocupación del amor, dice, pasa por la pasión, por la exaltación, por la entrega, pero no por la justicia. "El amor es sublime y miserable, heroico y estúpido, pero nunca justo. No se encuentra la justicia en el amor, sino en la amistad." Por eso no es amistad, aunque así se lo nombre, el vínculo que se usa para beneficiar a otro, independientemente de las capacidades de éste. Digamos al pasar que los "amigos políticos" o "económicos" pueden ser socios o cómplices, pero la amistad es otra cosa. "Los déspotas –dice Alberoni– no tienen amigos y temen la amistad como un complot en su perjuicio. La amistad es una virtud democrática y republicana." Esto vale para hombres y mujeres también. Amistad y amor son sentimientos que elevan nuestra condición y que se integran sin competir. Para Aristóteles, amistad es la forma suprema del amor. Visto así, entre hombre y mujer (entre humanos, en fin) hay más de una forma de amor posible. Si un hombre y una mujer no pueden ser amigos, es porque el utilitarismo lo impide (quieren que el otro sea funcional a su deseo o necesidad). El filósofo chino Confucio describía (en el siglo V a.C.) cinco tipos de relaciones entre las personas. La amistad era la única no jerárquica, de pares, sin un superior y un inferior. ¿Qué otro vínculo puede ofrecer a varones y mujeres la posibilidad de integrar sus diferencias sin sometimientos ni descalificaciones, sin luchas de poder tácitas? ¿Qué otro vínculo capacita mejor para el amor? "La amistad es deseable por sí misma", afirmaba Aristóteles. ¿Por qué temerle, entonces?

Diálogos del alma Una amiga, un amigo Por Sergio Sinay http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1092131