jueves, 30 de abril de 2009
la hora ha llegado
sábado, 25 de abril de 2009
LÁGRIMAS NEGRAS.
Es preciso saber vivir.
viernes, 10 de abril de 2009
El miedo no es zonzo
domingo, 5 de abril de 2009
EL ANGEL. Poldy Bird
Esta dura batalla de vivir nos embarulla. Queremos abarcarlo todo con los brazos abiertos, extendidos, y los ojos perdidos en un horizonte circular que se aleja a cada paso que damos hacia él. Estos ojos vueltos hacia afuera, siempre hacia afuera, tratando de descubrir la precisión de los contornos, la realidad de las imágenes. Esta mente con su fichero numerado, catalogando cosas, actos pasiones, sentimientos, gentes. El trabajo es arduo, interminable. La balanza no cesa de pesar. Ayer teníamos un jardín con mariposas, con ranas, con charcos, con un ángel de conocido rostro que enlazaba la diminuta mano de la infancia y nos enseñaba canciones para entonar la música de las rondas. Queríamos porque sí. No nos culpábamos de nada ni buscábamos culpables. Éramos blancos, íntegros y nuestros. Nos asombrábamos de la maravilla de una flor, de los ojos fosforescentes de los gatos transitando la noche, de los bichos de luz, de la voz de la madre anunciando la sopa caliente o los buñuelos, del padre fuerte y cansado regresando a la tarde del trabajo. La vida era un abrigo tibio en el invierno y un aire azul por el que nuestro cuerpo navegaba en el verano. Un aire azul y un ángel..., siempre el ángel. ¿Qué pasó después? Amontonamos cifras, dimos nombre a los ríos y a las ciudades, dimos nombre a esa ternura natural que surgía de nosotros como un manantial interminable. La llamamos "amor" y escogimos cuidadosamente a quienes podían recibirlo, a quienes podíamos aceptárselo. Y aquel camino ancho, aquel camino llano, se fue estrechando hasta transformarse en una callecita angosta, en un desfiladero por donde sólo podemos pasar de uno en fondo. De uno en fondo y cada vez con menos equipaje. Lo primero que dejamos fue el ángel. Después los sueños. Más tarde la ilusión, la fantasía y hasta la generosidad. Cada vez más desconfiados, empezamos a escrutar los ojos de quienes nos rodeaban, a estudiar sus movimientos: ¿iban a acariciarnos o a golpearnos?. Nuestras alforjas se llenaron de inquietudes, de miedos, de vanidades, de egoísmo. Separamos "lo nuestro" de lo de los demás, pusimos un cerco para proteger nuestro lugar, bebimos ávidamente nuestra agua, comimos hambrientamente nuestro pan, más del que nuestra hambre nos pedía, por las dudas de que alguna vez llegara a faltarnos... y empezamos a llamar "superfluas" a cosas como los barriletes, las oraciones y los milagros. Y ya el cielo no nos pareció tan grande ni la tierra tan inmensa, ni tan valiente el hombre, ni tan tierno el pecho amigo, ni tan desinteresada la mano que se ofrecía a estrechar la nuestra. Y defendiéndonos de los otros, los marginamos. Pero la culpa es nuestra. Porque miramos al hombre con su traje planchado y sus zapatos nuevos y su nombre completo, olvidando que adentro de cada uno hubo un chico que jugó en el mismo jardín que un día tuvimos, un chico con un ángel igual al ángel que nos llevaba de la mano... No quiero ser amarga, sólo quiero decirle que he sufrido, como usted, como todos..., sólo quiero decirle que estuve triste como usted, como todos, y de pronto me sentí encerrada, y de pronto me sentí prisionera, incapaz de dar un paso más, de reír, de ser feliz, completamente feliz... Hasta hace un rato. Hace un rato crucé por una plaza. No sé por qué pasé junto a las hamacas y un chiquillo me dijo: "Hamáqueme fuerte, quiero tocar el cielo con los pies". Me lo dijo sin preguntar mi nombre, sin preguntar si yo era buena, sin preguntar cuánto dinero llevaba en mi cartera. Solamente me dijo hamáqueme hasta el cielo, y no se puso a calcular los metros que lo separaban del cielo. ¿Para qué? Estaba allá. Era azul. Era ancho. También podía ser suyo. Tenía derecho a él. Dejé mi cartera sobre la arena, lo hamaqué con todas mis fuerzas. -¡Lo toco! -Gritaba entusiasmado-. ¡Lo toco! ¿Ve? Reía. Y su risa era una cuchara de plata tintineando en el cristal del aire. Y mi risa era también una campana azul en el aire de enero. Alguien, a mi costado, reía conmigo. Reía en esta tarde, reía porque sí. Era el ángel. El ángel antiguo y vapuleado, el ángel olvidado, el ángel de la infancia que por fin encontró un lugar libre junto a mí y, sin pedir permiso, se agarró de mi vestido, se zambulló en mi cuerpo y me ayudó a hamacarlo. En la mitad del día, en la mitad del dolor, quebrando la seriedad de nuestro oficio de adultos austeros, reconcentrados, grises, hay siempre un chico volando en una hamaca. Un chico que somos nosotros mismos queriendo tocar el cielo como sea. Basta con detenerse a hacerlo. Basta con agarrar su mano leve y decirle despacio las cosas más disparatadas y hermosas: que es lindo estar vivo, que el corazón no necesita un motor a chorro para tocar las nubes, pues sube solo, como el incienso de las bendiciones, si lo dejamos escapar un instante de la rutina. La verdad es esa, simplemente, esa cosa tan simple que de tan simple tenemos olvidada. Cuando dejé la plaza, en mi pecho reverberaba una fuente. Iba sonriendo. Algunos se detuvieron para mirarme, y sonrieron también. Creían que le sonreían a una muchacha sola y un poco loca que se reía por nada. No sabían que también le estaban sonriendo a un ángel invisible que iba colgado de mi brazo.
REFLEXIÓN.-
Avanzar por la vida, crecer, hacernos adultos, desarrollarnos en este mundo con su vertiginosa carrera hacia lo material, contamina inexorablemente la pureza que teníamos cuando éramos niños. Y en ese avance (¿avance?) vamos perdiendo cosas: Perdemos espontaneidad, perdemos frescura, perdemos sinceridad, perdemos sonrisas, perdemos las ganas de jugar, perdemos alegrías, perdemos tiempo para gozar. Y ganamos egoísmo, nerviosismo, estrés, tristezas, situaciones forzadas, muecas en lugar de sonrisas. Es que aparentemente crecimos... ¿crecimos? A veces veo a los niños zambullirse a plena risa en los peloteros, y rebotar divertidos en las camas de aire de las casas de juegos y gatear a través de laberintos y túneles de cuerdas sin más preocupación que la de divertirse con sus juegos. Y no me avergüenza confesar que con muchas ganas me pondría a saltar con ellos y dejaría que mi cuerpo sienta el placer de rebotar sobre el colchón inflado. Y daría lo inimaginable para recobrar la pureza, la inocencia, la frescura y la espontaneidad de mi niñez; descontaminarme de todo lo nocivo de este mundo que solo nos conduce a la destrucción y a la infelicidad porque nos fuerza a meternos en una maquinaria para la que no estamos preparados. Quisiera despojarme de todo eso, pero sospecho que... es demasiado tarde. Pero también creo que, si un día me libero de mis ataduras y me lanzo, sin pensar en nada, a rebotar sobre el colchón de aire, quizá... quizá no esté todo perdido.
miércoles, 1 de abril de 2009
PALABRAS PARA JULIA.
martes, 31 de marzo de 2009
LA META
domingo, 29 de marzo de 2009
EL SACUDON
jueves, 26 de marzo de 2009
La necesidad de Amor.
EL GRITO POSTERGADO .
El niño tiene necesidad de amor que deviene del universal desamparo por el desvalimiento físico y psíquico inicial: el recién nacido necesita del semejante para sobrellevar un largo período de adaptación. Los padres tendrán que procesar las necesidades de los niños. Amar, sostener y acompañar, presencia y disposición afectiva son imprescindibles. La perturbación de la capacidad parental es germen de violencia en los niños y adolescentes. El abandono temprano, el castigo, la crueldad, los ataques físicos o verbales, las negaciones despóticas, la insensibilidad ante el sufrimiento, el juicio denigratorio, si son actitudes persistentes, se imprimen como heridas en el yo del niño. Los niños y adolescentes necesitan límites adecuados, cuya ausencia también genera padecer. La identificación con los aspectos agresivos y descalificadores de sus padres generará el despliegue de conductas destructivas hacia los otros o contra sí mismo. Lo que se acalla en la infancia se gritará en la adolescencia. La violencia es la protagonista cotidiana es un fenómeno complejo, atravesado por múltiples variables: psíquicas, culturales, sociales, históricas y económicas. La violencia física es la más primitiva, la observamos en el maltrato físico, golpes, abuso sexual, negligencia y accidentes. La violencia psíquica incluye las formas más sutiles y explícitas del humillar, despreciar y someter al semejante ante los propios deseos. Es sinónimo de coerción, dominación, apropiación del otro. En cualquiera de sus formas es un hecho traumático. A través de la historia, conocemos la antigua práctica de la mutilación física, explotación y acoso del niño por el adulto, y en un pasado no muy lejano era tolerado y hasta bien visto el maltrato. En 1962, investigadores de medicina infantil, encabezados por C. H. Kempe, utilizaron por primera vez el término “síndrome del niño apaleado” frente a los casos de niños con lesiones causadas por todo tipo de golpes, injurias y traumatismos. Las ofensas, las humillaciones, y violaciones sufridas en la primera infancia podrían generar traumas inconscientes mudos, que intervendrán en el surgimiento de trastornos. El niño aprenderá a enmudecer. A ciertos padres les cuesta tolerar las reacciones, las tristezas, los enojos, las rabietas, y las inhiben mediante castigos, palizas u otras medidas formativas. A veces los padres presentan estallidos de violencia y maltrato en momentos de desborde e impotencia ante la testarudez, desafío o capricho del niño, que enfrenta la violencia del adulto con escasez de recursos, y la recrea –transformando lo sufrido pasivamente en activo– en peleas con sus pares, juegos violentos, de fuertes descargas corporales y riesgos, o bien en un repliegue sobre sí mismo; ya sea que se identifique con el agresor y pegue, o bien repita en los vínculos una posición pasiva de “ser pegado”. Françoise Dolto nos dice: “No es falta de amor sino incomprensión”. Sostiene que hay que evitar todo lo que entraña humillación para el niño y que la paliza –aunque en el momento calme al adulto y al niño– revela debilidad y falta de control, aunque se dé la excusa de que obra con un fin educativo: “Un adulto que habla con violencia y agresividad, que obra de manera irascible y se abandona a explosiones de cólera ante su hijo, no debe asombrarse de que a los pocos meses o años ese hijo hable y obre de la misma manera con los que son más débiles que él”. De allí que estos niños pasan de ser objeto de violencia a ser sujetos de violencia, que, en el corto o largo plazo, expresarán en actos y palabras.
Por Rosa A. Petronacci y Patricia Alkolombre * * Miembros de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Síntesis de un trabajo presentado en el Congreso de Fepal, Guadalajara, septiembre de 2004.
fuente: página12 26.03.09 //
